miércoles, 23 de septiembre de 2020

NOVELAS: LO QUE VENDRÁ

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ESPACIO, CIUDAD-ESTADO (Fragmento)

Capítulo II: Las Cuatro Hermanas Cabosuelto y el Joven Fabricante de Gomas de Borrar

             En Espacio todos se conocían. A pesar de que en esa bella ciudad–estado los habitantes eran numerosos, vivían siempre con leguas de distancia entre sí, por no mencionar que las casas eran tan grandes que sus moradores podían pasar semanas sin verse.

            Sin embargo, los Murmuradores de Noticias siempre tenían algo para contar a sus abonados sobre alguna de las cuatro hijas del ex Moralista Estatal Empírico Cabosuelto. Don Empírico estaba retirado desde hacía muchos años, pero el prestigio lo perseguía como una mosca de verano. De allí que sus hijas –cuyas edades ya miraban la cincuentena desde arriba– crecieran con la idea de que pertenecían a una especie de aristocracia híbrida, de clase media: plebeya pero célebre.

            Los aristócratas verdaderos –cuyos patriarcas componían el Alto Senado y eran también gran parte de los Fiscales de la Casa del Elector de Espacio– a veces las aceptaban en sus soireés y conciertos de clavicémbalo, pero la diferencia de clases era evidente. En realidad, las chicas pertenecían a un orden de cosas apolillado desde muchos años atrás. Ya no entendían al mundo y vivían más por instinto que por la comprensión que de él tuvieran. El mundo tampoco las entendía. Más allá de que el habla que las cuatro hermanas solían usar se había extinguido hacía largas décadas en Espacio, en las conversaciones sociales generalmente terminaban haciendo referencia a su afamado padre, y la aburrida atención del oyente tendía a dispersarse con rapidez.

            No hemos mencionado aún sus nombres, que a la sazón no eran infrecuentes en Espacio: Dórica, Jónica, Corintia y Eólica, enumeradas de mayor a menor. Cuando las chicas se dieron cuenta de que la soltería ya estaba adherida a sus vidas, como el prestigio a su padre, decidieron rejuvenecerse mediante el uso de apodos que ellas consideraban divertidos y a los que llamaban “nombres locos”. Desde entonces sólo aceptaron ser llamadas Dora, Juana, Cora y Lola.

            Muchos pensaban que había épocas en que a ellas la mala suerte les rascaba la espalda. Sin embargo no era mala suerte, sino una falla en la perspectiva que ellas tenían de las cosas. Un ejemplo será bienvenido por los lectores de este papiro –personas ejemplares si las hay.

 

            Espacio, como todo el mundo sabe, tiene hermosas playas de guijarros en su borde oriental. Allí fué Cora, a hospedarse en el palacio de verano de un antiguo empleado de su padre. Hizo saber a sus amistades, a su numerosa parentela y a la sección Sociales del periódico de la tarde que necesitaba un descanso, pero en realidad había seguido el consejo de sus hermanas de presentarse en el ponto rocoso para buscar un marido, porque en el fondo Cora renegaba de su celibato. Para ello se preparó concienzudamente: Revistas femeninas (muchas), libros de autoayuda, clases de yoga, equitación y arquería, visitas al astrólogo, al odontólogo, al ginecólogo y al otorrinolaringólogo. Más tarde, desconfiada con razón de su haber intelectual, agregó a último momento charlas con arquitectos, pintores, bardos y tocadores de lira.

            Los Cabosuelto también tenían un dios doméstico, Xenón el Viejo. Xenón venía trabajando en casas de familia desde hacía siglos, si no milenios. Tenía mucha experiencia, claro, pero con los años se había vuelto un tanto aislado; incluso algunas veces se escapaba del trabajo para encontrarse con otros dioses domésticos, y volvía tarde y con olor a bebida.

            Esta situación no amilanó a Cora. Con un mensajero privado mandó a traer al viejo dios a sus aposentos y le pidió que le dedicara algún rito de buena fortuna. Xenón le pidió detalles para perfeccionar su ceremonia, pero Cora se mostró adamantina: prefería una reserva absoluta.

            –No te olvides, doncella de dulce rostro, que aunque mi edad se mide en eras, que no en años, no dejo de ser un dios, y por lo tanto puedo conocer los secretos de los hombres y del Cosmos. Pero puedo también elegir no saber lo que se me pide no saber. Tal es mi altura. De este modo, cualquier ritual que pueda practicar en tu favor –e insistiré: éste es el caso– puede dar resultados más allá de todo cálculo. Dime con tu suave voz, que recuerda los arroyos de primavera, si deseas que no obstante lleve a la práctica mis inestimables servicios.

            –Hazlo ya mismo, noble dios, y mi gratitud será eterna –contestó Cora, inclinándose devocionalmente.

            –Nada es eterno –le contestó Xenón, mientras se iba, ya de espaldas a la mujer, poniéndose un cigarro en los labios. Dándose vuelta, agregó: –Salvo mi Jefe, Quien gobierna el Universo.

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